La cartografía del ron, un viaje por las identidades del Caribe
El Caribe es una geografía inventada para el ron. Ningún otro licor encierra con tanta fidelidad la mezcla de historia, tragedia y celebración que late bajo este sol que no se rinde. Aquí el ron es un archivo vivo. En sus aromas viajan plantaciones desaparecidas, puertos que ya no comercian azúcar, noches de tambora y conversaciones que se estiran como la sombra al final de la tarde. El ron nació de la improvisación y terminó convertido en un emblema cultural. Pocas veces la historia líquida de un territorio se resume con tanta claridad en una copa.
Lo he convertido en mi trago de sobremesa, en el animador de la conversación diletante, en el compañero del puro de tradición y en mi estampa de dominicano con aspiraciones universales. No lo arrodillo ante espíritus venidos de las tierras altas y bajas de Escocia o de la Grande y Petite Champagne.
Todo comenzó con la melaza, ese residuo espeso que quedaba tras la ebullición del azúcar. Aquel desperdicio de los ingenios se transformó, con el tiempo, en un recurso prodigioso. Alguien descubrió que, fermentada con paciencia y destilada con pulso certero, aquella melaza podía dar vida a un licor robusto y sorprendente. Surgió el ron, primero rudimentario, abrasivo, más cercano a un remedio que a un placer. Pero el Caribe es experto en convertir sus precariedades en virtudes. El ron de melaza se fue refinando, domesticando sus aristas, encontrando un lugar estable en la economía, la cultura y las noches sin prisa.



