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El aguacate en la República Dominicana ha dejado un rastro a lo largo de la historia, siendo mencionado por primera vez en 1629 por Antonio Vázquez de Espinosa. Las referencias continúan con fray Domingo Fernández de Navarrete y Fernando de Araujo y Rivera en el siglo XVII, evidenciando que la fruta estaba siendo cultivada con fines agrícolas en la sociedad criolla.

En el siglo XVIII, Daniel Lescallier señala la existencia de una extensa área llamada Sabana del Aguacate en Cevicos, indicando la expansión del cultivo. Para el siglo XIX, el aguacate ya se encuentra presente en diversos puntos cardinales, según informes de la comisión de investigación de los Estados Unidos en 1871. En este informe, se reporta la presencia del aguacate en la ciudad de San Cristóbal, así como en Barahona, Montecristi y Puerto Plata, evidenciando su distribución en las distintas regiones del país.

Aunque el consumo del aguacate era cíclico debido a su estacionalidad, su versatilidad en ensaladas y guarniciones era común. La influencia de España, que recomendaba consumirlo con sal por su supuesto sabor insípido, lo relegó a la categoría de ensalada o guarnición. Esta recomendación reflejaba la percepción errónea de que el aguacate carecía de sabor, llevando a su asociación con acompañamientos salados.

El árbol del aguacate, de presencia masiva, encontró usos en la medicina popular. Según Logier, hay una serie de propiedades medicinales u otras atribuidas al aguacate: por ejemplo; la pulpa del fruto es reportada para acelerar la supuración de las heridas y se considera afrodisíaca y emenagoga (que provoca y regulariza la menstruación), así como anti disentérica.

La presencia masiva del árbol del aguacate y su limitada producción de estación tal vez determinaron que fuera ampliamente aprovechado en la medicina popular. Según Logier, hay una serie de propiedades medicinales u otras atribuidas al aguacate: por ejemplo; la pulpa del fruto es reportada para acelerar la supuración de las heridas y se considera afrodisíaca y emenagoga (que provoca y regulariza la menstruación), así como antidisentérica. La corteza del fruto se ha usado para eliminar los parásitos intestinales. Las semillas contienen un jugo lechoso que se pone rojizo en contacto con el aire y ha sido utilizado para marcar la ropa; la savia también mancha la ropa de modo indeleble.

Las semillas pulverizadas son usadas como veneno contra ratas y animales pequeños, se prepara un ungüento hecho con las semillas pulverizadas que se emplea a veces como rubefaciente, y un té de las mismas. El  té de las hojas ha sido recomendado a los diabéticos. Por último, Logier afirma,  que las semillas endurecidas han sido usadas también para fabricar objetos diversos.

A principios del siglo XX, el aguacate de Moca ya se exhibía en la exposición de Jamestown, según José Ramón Abad. Su consumo fue destacado en tratados de comida, pero no sería hasta 1918, cuando José Ramón López, a través de la prensa, incentivó su consumo. Para 1929, ya se importaban variedades y se fomentaba su producción agrícola. En 1966, se hablaba de una exportación de 2 millones de unidades, marcando posiblemente el inicio del auge actual del producto.

La popularidad del aguacate entre los dominicanos es innegable, llegando a llamarse “chicharrón del monte” o “pollo verde”. Estas denominaciones sugieren que, al faltar estas proteínas, son fácilmente sustituidas por aguacate. Entre las damas, son bien conocidas las propiedades cosméticas caseras de esta fruta muy madura, especialmente para el pelo.

La presencia diaria, constante y masiva del aguacate en nuestro país es algo nuevo, pero el proceso de su consumo es muy antiguo. Mientras la popularidad de la oferta gastronómica mexicana, por ejemplo, contribuyó a enraizar el guacamole, el dominicano jamás abandona un pan con aguacate, o con plátano, o con arroz; o en un caldo, o sopa, o sancocho, siendo éstas plateas favoritas propias de nuestra forma de relacionarnos con el aguacate, sin olvidar la proverbial ensalada.

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