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El aguacate tiene sus raíces en Mesoamérica, específicamente en México y Guatemala, siendo este el epicentro de su domesticación, según Williams (1977b).

Según Turner II, B.L. y C.H. Miksicek (1984), en su estudio de la economía de las plantas asociado a la agricultura prehistórica de las tierras bajas mayas demuestra que hay evidencia directa de la domesticación del aguacate durante el período Clásico Maya, respaldada por restos de plantas en contextos arqueológicos y lingüísticos que validan su inclusión en la lista de cultivos domesticados.

La evidencia más antigua del consumo de aguacate se halló en una cueva en Coxcatlán, en la región de Tehuacán, Puebla, México, con datación que abarca los años 8,000-7,000 a.C. (Smith, 1966).

Las culturas antiguas poseían un conocimiento detallado sobre el aguacate y sus variantes, como se refleja en el Códice Florentino. Este documento menciona tres tipos de aguacate: la variedad drymifolia (Raza Mexicana), la variedad americana (Raza Antillana), y la variedad guatemalensis (Raza Guatemalteca).

Aunque el aguacate no es originario de la flora dominicana, su primera mención está vinculada con nuestra isla. Las primeras referencias sobre el aguacate se remontan a Martín Fernández de Enciso, quien se cree que llegó a La Española en 1502 como pasajero en la expedición liderada por Nicolás de Ovando.

El aguacate dominicano ocupa el tercer lugar en productos comestibles exportados por la República Dominicana, siendo superado únicamente por el cacao y el banano. ¿Cuál es el origen del aguacate y cómo ha evolucionado este proceso a lo largo del tiempo?

La llegada del aguacate a nuestra isla sigue siendo un enigma. A mediados del siglo XVI, el Padre Bernabé Cobo afirma que en la lengua general del Perú se llama “palta”, pero en la mayoría de las Indias lo nombran “aguacate”, siendo este último el término utilizado por los indios de la isla Española. Es importante destacar que el Padre Cobo vivió en la isla Española en 1596, cuando tenía 16 años, lo que sugiere que el aguacate llegó a la isla en el siglo XVI, no en el XVII.

Según Bernardo Vega, las presuntas propiedades afrodisíacas del aguacate se atribuyen a la descripción del Misionero Serna, quien reportó haber visto árboles con frutas “como los pechos de una moza doncella”. Además, hace referencia a una carta escrita por el médico de Felipe II en 1576, que afirma: “La fruta es caliente y agradable al gusto, a la que llaman los españoles con el nombre de aguacate. No es de mal sabor ni mantenimiento, es grasosa y húmeda, despierta grandemente el apetito venéreo y acrecienta el semen”. Bernardo Vega Boyrie sugiere que, ante tal publicidad, no es sorprendente que la fruta fuera pronto llevada a Las Antillas.

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